¿Tienen que cobrar los artistas?, se plantea  Seth Godin en “You have no right to make money any more”. Y esta pregunta que provoca un rechazo inicial abre la puerta a interesantes cuestiones si se le da una oportunidad.

La revolución tecnológica social, accesible a todo tipo de personas, nos ha convertido en productores de noticias, de simpatía, de contactos, de creaciones. El freno económico que nos limitaba a la hora de publicar las producciones individuales ha desaparecido y ahora dar a conocer lo que hacemos se paga con tiempo.

¿De dónde obtenemos el tiempo para las redes sociales?

En parte de la reconversión del perfil profesional, que integra cada vez más el personal: el trabajo es hoy una fusión de habilidades profesionales con méritos personales y aficiones. El siglo XXI se está replanteando la enseñanza uniforme y el horario rígido, productos de la industrialización, hacia la individuación y la flexibilidad.

Y del cambio en las actividades de ocio, en las que se abandona el modelo de consumo pasivo para producir y publicar. De inspiraciones de un momento, capturas visuales de una vivencia, visiones personales, emociones,  a creaciones más elaboradas y experimentaciones, cada vez más personas dedican un espacio de sus vidas a verlas de otra forma, poetizarlas y compartirlas. Las nuevas religiones del siglo vienen pregonándolo desde hace años: el ser es creativo. Y mientras el sector laboral tarda en integrarse al nuevo siglo, las personas lo han abrazado con entusiasmo. Todo está conectado.

Artistas callejeros

¿Tiempo para vender o para convertirnos en artistas?

En una era en que todos somos creadores… ¿quién tiene derecho a cobrar por ello? ¿Los que lo hacen mejor? ¿Y quiénes son estos? ¿Quién discrimina? En el siglo XX esta máxima tampoco era exacta. Abundan las colecciones de novela rosa, negra, de vampiros, cuyos méritos son muy relativos pero que complacen a una comunidad que está dispuesta a comprarlos.

Pinterest ha crecido como lo ha hecho porque conecta y alimenta a las personas que ya han despertado su perfil creativo, y aquellas que practican la constancia empiezan a tener su comunidad de admiradores y simpatizantes. Unos cobran, otros no, los precios son muy desiguales, pero convencer a desconocidos para que compren la propia obra cuesta esfuerzo y/o dinero mientras que si se ofrece gratis la comunidad crece por su propia dinámica.

Algunos artistas consagrados prueban con la fórmula ancestral de «poner la gorra» para que quien lo desee demuestre su agradecimiento por el buen rato pasado con unas monedas. La financiación colectiva convierte a los amantes de la cultura en sus coproductores. Como consumidores creativos, pasamos de la obligación de pagar a la voluntariedad. Nosotros mismos damos valor a lo que nos gusta y le pagamos con dinero, recomendaciones sociales, fidelización. ¿Vale todo esto menos que un precio de venta?

Para cobrar por el trabajo creativo hay que dedicar tiempo a vender, y la mayoría de los nuevos artistas no lo tienen. O sí lo tienen: justo el tiempo que dedican a crear. Vender la propia obra exige pagar a terceros o hipotecar el tiempo que se destinaría a crear la siguiente. La gran pregunta del siglo XXI es: ¿qué prefieres, compradores o seguidores, vender o crear?

2 Comentarios
  1. multinivel 10 años

    Hola Maria creo que lo que mencionas es muy cierto, creo que lo más importante es poder crear seguidores, dar buena información, contenido de valor para ahora si poder vender. Por supuesto que el fin es vender pero creo que lo primordial es crear seguidores pues a la larga seran mas fieles y nos compraran una y otra vez.

    Gracias, excelente

    Yadira

  2. Gracias Yadira, estamos en un momento en que Wikileaks, la lucha por mantener la libertad en Internet contra los gobiernos, el boom tecnológico y los cambios sociales nos abren las puertas a nuevos planteamientos.

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